Amistad, Amor, Relaciones

Para las chicas de mi vida


Mientras esperaba a que una de ellas llegara, me puse a observar a la gente alrededor. El olor a café y la lluvia complementan lo acogedor del lugar. En cada mesa, se cuenta una historia; a mí me llama excesivamente la atención el grupo de seis señoras conversadoras que se atropellan con palabras entre todas. Una sonrisa inevitable es lo que me provoca verlas. Tendrán más de unos setenta años probablemente, hablan de hijos y nietos y se ríen a carcajadas recordando momentos. Están hermosamente arregladas: algunas disimulan las canas y a otras se les ve de maravilla el cabello gris. Me invade la necesidad de preguntarles hace cuánto se conocen, pareciera que tienen toda una vida de ser amigas…pero el momento es tan inspirador que interrumpirlo sería inapropiado.

Abro el menú para elegir alguna opción mientras sigo mirándolas a todas, una por una. Se me parecen tanto a nosotras. Vuelvo a sonreír cuando una de ellas le dice a otra que siempre eligió las fotos en la que solo ella se veía bien. Me recuerda tanto cuando nos tomamos un selfie que llaman ahora, y nos quitamos el celular para ir viendo una por una si la foto de todas nos gusta. Al final, la versión que queda de las múltiples pruebas es la que a la dueña del teléfono le gustó más como ella salió.

Me invade una mezcla de emociones escucharlas desde mi mesa, sus voces se perciben en toda la cafetería. Me imagino cuando tengamos esa edad y nos sigamos encontrando, y me dan ganas de llorar. Cierro los ojos y recuerdo tantos instantes que hemos compartido y me irrumpe el apremio de elevar una oración en agradecimiento. Porque es un privilegio y una bendición tener a mis amigas conmigo por tantos años. Hoy valoro más que nunca la importancia de cuidarlas, de seguir compartiendo juntas por el tiempo que nos quede por vivir. No se puede vivir sin amigas, todas las mujeres  necesitamos al menos una. Yo tengo varias, las conocí en el colegio. Ellas, las que me inspiran y alegran cada día. Necesito una hoja, una servilleta, lo que sea. Y un té:

Para ustedes, las mejores

Recuerdo perfectamente el segundo en que crucé una palabra por primera vez con cada una. Ustedes creerán que soy muy romántica o cursi, pero es cierto que lo recuerdo (lo soy, ya sé). Teníamos unos doce años apenas, algunas incluso se conocieron con menos edad, porque coincidieron antes. En una época en donde la adolescencia es incomprensible para uno, tener amigas representa…todo. Así que ustedes, en medio del caos de mi juventud y rebeldía, fueron cómplices de aventuras, o fueron el centro para el balance que también era necesario que existiera.

Aquellos momentos en el colegio fueron los más divertidos que hemos vivido. Podríamos contar anécdotas todo el día sin detenernos: los planes para conquistar un compañerito, las eternas llamadas por teléfono (a nuestras madres no les hacía mucha gracia esto), las cartas que nos escribíamos, los secretos que nos contamos, las noches de pijama y desveladas, nuestro primer beso, la primera fiesta, nuestra primera salida a un bar…la primera vez que nos rompieron el corazón también. La urgencia de contarnos todo, de hacerlo todo igual, de compartir la comida y la ropa (es verídico que en algún momento hubo un único jeans que había que turnarse para usar), de maquillarnos para ir al primer quinceaños y arreglarnos el cabello con la plancha de ropa, ¡hay un par de cicatrices que son testigo de eso!

Estábamos creando identidad y definiendo nuestra personalidad. Éramos (somos) tan parecidas y a la vez completamente diferentes. Estábamos construyendo una amistad muy fuerte, aunque quizá en ese momento no estábamos tan conscientes de eso. Lo cierto es que cada año que pasaba, iba creciendo la hermandad.

En algún momento nos distanciamos. Adiós al uniforme y las tardes estudiando. Se terminaron las clases para siempre. ¿Y ahora qué hacemos? Tomamos caminos distintos muy rápido. Comenzó la universidad y el trabajo. ¿Cómo se digiere un cambio tan grande? La sociedad presiona hasta aplastarte: tenés que estar en el mercado laboral, estudiar también, viajar, comprar carro, casarte, tener hijos y morirte. ¿Cómo se transita en este mundo con esa carga encima? Yo, personalmente, me volví a sentir perdida. Conocí en mi carrera algunas personas, pero no se parecían a ustedes. No entendían mis bromas, ni dichos, ni historia de vida. No sabían nada de mi familia, ni de mi música favorita. Me encontré con  personas extraordinarias, muchas amigas a las que quiero y por las cuales agradezco también cada noche…pero ustedes… ustedes son mis chicas, mis mejores amigas desde hace dieciocho años… las que me conocen como nadie.

Es una compatibilidad tan grande la que existe que solo se puede lograr después de haber convivido más de la mitad de la vida con alguien. Literalmente, hemos dormido en la misma cama (o en el mismo piso…¡una de ustedes sabe a qué me refiero!), hemos vivido disimuladamente en alguna casa al quedarnos noche tras noche ahí. Hemos visto nacer y morir a nuestras mascotas. Hemos estado juntas cuando alguien cercano partió. Nos hemos abrazado con tanta fuerza cuando ya sentimos que no podemos más. He secado lágrimas de cada una de ustedes, y yo he llorado en sus regazos tantas veces. Hemos animado a la que se siente triste, y somos capaces de hacernos reír en los momentos más difíciles. Hemos comprado flores y regalos que son perfectos para cada una. Nos conocemos demasiado, tanto, tanto, tanto que podemos adivinar nuestros pensamientos, que podríamos apostar a que acertaríamos las palabras que no han salido de la boca, con solo ver los gestos. Anticipamos sentimientos. Sabemos el segundo en que dijimos algo hiriente. Pedimos perdón y nos amamos más después de eso.

Volvimos a encontrarnos. Ya teníamos más de veinte años. Algunas se fueron del país y regresaron, mientras que vos estás todavía por allá.  Cruzaría al otro lado del planeta por ir a verlas si una frontera se interpone. La distancia no existe entre nosotras. Tenemos una promesa de cristal, una canción que nos une cuando el mundo parece insoportable. Ahí están ustedes, tan cerca otra vez. Hay esposos y hay hijos que nos hicieron tías, y también hay esposos que nos faltan por conocer y más niños por nacer. Fuimos las primeras en llegar el día que hubo una boda. Y ahí casi en primera fila, sentí que mi corazón iba a reventar de la emoción. Mis ojos se nublaron cuando supe que en sus vientres se estaba gestando una nueva vida.

Con ustedes puedo ser yo misma, no tengo que fingir mis defectos, los conocen y los aceptan, pero lo que es mejor aún: me enseñan a crecer. A ustedes puedo decirles lo que siento siempre, sin miedo a ser juzgada. Podemos llamarnos a cualquier hora cuando necesitamos ser escuchadas (me parece increíble que todavía somos capaces de hablar por teléfono durante más de una hora y nunca será suficiente). También sé que puedo enviarles esa foto con el outfit para la entrevista de trabajo más importante que tuve, sabiendo que con todo el amor del mundo me van a decir “el negro es tu color”. Soy afortunada de tener los tesoros más hermosos como amigas. Cada una de ustedes es una mujer que admiro profundamente y por la cual anhelo ver todos sus sueños cumplidos.

Para ustedes: estas letras que nacen desde una mesa en un café, con la esperanza de que los años pasen y sigamos celebrando la vida juntas en todo lo que aun hace falta por descubrir. Yo prometo de mi parte nunca dejar que el tiempo nos separe, que el trabajo y la casa no nos agobien tanto como para no encontrarnos, y ser lo más incondicional que puedan esperar. Sé que dejaré de visualizarnos en la mesa de las señoras porque algún día ellas seremos nosotras.

Para todas las mujeres: Cuiden el privilegio de ser la amiga para alguien, y honren una amistad verdadera. Que al final de sus días puedan encontrar plenitud en la más sublime y perdurable relación que se construye con amor y con el paso de los años.

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