Amor, Familia

Para mi hermana, con amor

Tenía cuatro años cuando me dieron la mejor noticia de mi vida, aunque en ese entonces no lo dimensionaba de esa forma: una nueva hermanita llegaba a completar nuestro hogar.

El trío dinámico que formábamos mis dos hermanos y yo, estaba a punto de cambiar para siempre. Y aunque los primeros recuerdos que tengo de vos son en una cuna o llorando, algo en mi corazón me decía que tenerte como compañera iba a ser la mejor aventura que me esperaba. Me emocionaba pensar en lo mucho que podíamos disfrutar  juntas porque estaba un poco cansada de los juegos bruscos de mis hermanos (yo los amo, son también mi mejor regalo, pero ciertamente no me divertía tanto jugar fútbol).

Cuando comenzaste a crecer, iniciamos a recolectar hermosos momentos: jugábamos sin aburrirnos durante horas inagotables: “administramos” una pulpería, una soda, una escuela y un salón de belleza; tuvimos la mayor colección de barbies de la historia; nos divertíamos viendo televisión juntas, nos encantaba buscar detalles graciosos en las fotos familiares y nos moríamos de la risa hasta que nos dolía la panza. Planeábamos fiestas en el cuarto para sorprendernos la una a la otra. Cada julio en vacaciones nos llevaban al cine a ver los estrenos de las películas de Disney. Cantábamos las canciones de Cristian Castro y Jordi, inventábamos coreografías en nuestro propio show de talentos.

Fuimos a clases de ballet juntas, a la misma escuela y al mismo colegio. Nos vestíamos similares. Nos contábamos todo y protegíamos nuestros secretos como una sentencia de vida o muerte; como un pacto inquebrantable.

Hasta que llegó la insufrible adolescencia. ¡Qué años tan difíciles, mi hermanita! Entre mi desesperada rebeldía y mis ganas exasperadas de crecer, todo cambió y no supe qué hacer. De repente me parecías un fastidio porque yo con mis catorce años me sentía demasiado grande como para seguir jugando con una niña de diez. Anhelaba espacio en un cuarto que se me hacía demasiado pequeño para estar las dos. Intentaba estar el menor tiempo posible en la casa, porque no me aguantaba a nadie (y pienso, ¿cómo me aguantaban todos a mí?).

Pero a pesar de lo doloroso que fue crecer y ver cómo la pequeña brecha de cuatro años de diferencia de edad se sentía insoportable, seguíamos teniendo la certeza de que podíamos estar ahí para cada una. Y así, en medio de pleitos y leyes de hielo, me contaste acerca de tu primer beso. Me dejaste una flor y una cartita cuando me escuchaste llorando por mi primera decepción amorosa. Me veías, me ponías atención, me escuchabas y querías ser como yo. Y yo…yo era un lindo desastre.

Anhelaba con todas mis fuerzas ser un mejor ejemplo para vos, pero me consumía el desconcierto interior de ir convirtiéndome en mujer y de ir viviendo a tropezones, con el sufrimiento que consecuentemente me dejaba. Me sentía incomprendida y estaba totalmente perdida. Siento mucho no haber podido acompañarte en tu crecimiento hacia esa transición de adolescente también. Hubiera deseado haberte dado los mejores consejos y más abrazos.

Creo que quizá fue mejor así. Fue preferible que aprendieras lo bueno, al ver el modelo contrario. Tal vez mis malas decisiones te daban lecciones invaluables, aunque yo no lo supiera. Si fue así, hermanita, me volvería a equivocar mil veces para que vos aprendieras sin tener que experimentar dolor alguno por tu propia cuenta.

Mas no hay tormenta que dure cien años, ¿cierto? Superamos una juntas una etapa más. Y lo mejor estaba por regresar: las madrugadas hablando toda la noche, las cosas tontas y profundas que nos contábamos. Esperarnos despiertas cuando alguna se iba de fiesta, para poder dormir con el corazón tranquilo. Las películas, las maratones de series de televisión, alisarnos el cabello y aprobar el look: “¿cómo me veo? – te ves preciosa -. No, no, ¡en serio! – que sí, es en serio. ¡Bueno!”. El sentimiento de desconsuelo cuando alguien te hizo daño. Me quería volver loca, qué impotencia que alguien se atreviera a hacerte sufrir.

Conforme fueron pasando los años, nos volvimos cada vez más inseparables. Hoy somos capaces de leernos la mente sin decir una sola palabra, nos hacen reír y llorar las mismas cosas. Sabemos lo que la otra va a decir antes de que pueda decirlo. Nos entendemos y conocemos perfectamente, como nadie en este mundo puede conocerse. Intuimos sentimientos en la otra, aún cuando no estamos físicamente cerca. Nos conectamos de una manera indescriptible. Muchas veces escribimos el mismo mensaje al mismo tiempo. Hablamos todos los días, compartimos todo lo que nos pasa. Hacemos planes, somos cómplices en todo. Soñamos y filosofamos, y también encontramos el “meme” perfecto para enviarnos. Nos respetamos y amamos; nos defendemos con la misma determinación de hace treinta años. Nos apoyamos e inspiramos para ser nuestra mejor versión ante el mundo. Las palabras de mi hermana son capaces de llegar a mi alma, tocarla, y aliviar cualquier pesar.

Hermanita: gracias por estar, por ser mi mejor amiga. Mientras escribo estas letras sigo repasando momentos incontables, y soñando con los muchos que faltan por venir: tenemos viajes pendientes por hacer y proyectos que nos roban suspiros. Cierro mis ojos y te veo con tu vestido de novia en el día más feliz de tu vida y siento que no es posible ser más feliz; que mi felicidad inevitablemente es la tuya. Desbordo lágrimas de amor de solo pensar en el día en que me digas que voy a ser tía de tus hijos. Nos imagino cuando seamos viejitas, recordando historias y sonriendo por lo buena que ha sido nuestra vida. Tal vez nos cueste caminar un poco, quizá la edad irá cansando nuestros huesos. Pero ahí estaré para vos, sosteniéndote, cuidándote, haciéndote reír y contándote todo.

Gracias por haber llegado a este mundo. Porque tu existencia es la más sublime bendición del cielo.

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