Obesidad, Sobrepeso

Lograrlo, aunque sea en el intento número 3,240

Tenía doce años cuando tuve conciencia por primera vez de la larga lucha que me esperaba. Estaba en sexto grado de la escuela y algo andaba “mal” con mis caderas. El uniforme consistía en pantalones de mezclilla y camisa tipo ‘polo’. Era un sueño poder vestir así para ir a clases, excepto para mí, que tuve que enfundarme en unos jeans para hombre, porque en mi talla de mujer (niña) no cabían mis piernas.

A esa edad ya todo es de por sí confuso, la etapa es complicada, se está despidiendo la niñez y descubriendo la adolescencia. El salto de la escuela al colegio debería de ser menos traumatizante. El cuerpo de niña va cambiando poco a poco y en cierto momento nada tiene forma definida. Como si eso no fuera suficiente, en mi caso había un aspecto más que agregar: me dijeron que tenía- tendencia a engordar -. ¿Qué significa algo así? ¿Cómo se digiere eso?

Fue entonces  cuando sucedió el primer intento sostenido de forma exitosa durante varios años, aunque no siempre fuera perfecto. En el camino, muchas veces parecía más fácil dejar de hacerlo.

Así ingresé a la secundaria, con el firme objetivo de no permitir que la “tendencia” me hiciera de lado, como lamentablemente uno en su inmadurez suele temer al rechazo en esa edad. Yo lo tenía muy claro a pesar del poco razonamiento que ocupa en la cabeza de una persona de trece años estos temas. Era difícil de comprender, pero a la vez tenía más fuerza de voluntad en esa época, cuando en la cena no llenaba mi plato “un poquito” por segunda vez.

El interminable camino empezó después, a partir de los dieciocho años y sin embargo, no caí en cuenta de que era un problema que la ropa me estaba dejando de quedar y que las tallas fueran en aumento… – la ropa la hacen  más pequeña ahora, qué barbaridad – justificaba, hasta pasados los veintidós años, cuando posterior a una juventud algo atropellada y rebelde, dejé de fumar. No es cierto tampoco que quien lo hace se engorda, pues el cigarrillo en sí mismo no adelgaza. Lo que sucede es que cuando te come la ansiedad por dentro, resulta un excelente canalizador en lugar de la comida.

No me desperté un día cualquiera de repente con veinte kilos de más. O treinta. Fue sucediendo en el transcurso de los años, exceso tras exceso. Sabía que le hacía daño a mi cuerpo y no podía evitarlo. Las personas ingratamente suelen hacer comentarios como “es solo cuestión de cerrar la boca” o “es muy simple, coma menos”…generalmente quien lo dice no ha luchado contra el peso, por supuesto, así que no sabe de lo que habla. Porque a pesar de que pareciera ser la fórmula más sencilla que existe, no funciona igual en nuestro organismo porque nos hace caer una y otra vez en un hueco negro  en donde lo único que alivia tanta desesperación por haber fallado un nuevo intento es…más chocolate. Se castiga al cuerpo, se castiga uno mismo con más comida que hace daño… ya no importa, 560 calorías más ni se van a notar entre tanta grasa acumulada. Ese fue el intento (y el fracaso)  número 1,615. ¿Qué más da? Mañana comienzo de nuevo. Que lo sepa el mundo, que esta será la última vez que voy a probar papas fritas.

Cada fracaso nos empuja con mayor potencia hacia el fondo de la cueva, en donde uno se siente más seguro y protegido y de paso, se esconde de la civilización que te obliga a cumplir con un estándar de belleza inalcanzable. Hay otros días en donde realmente ha salido el sol y es una nueva oportunidad de iniciar el plan: desayuno de claras de huevo con 20 gramos de jamón, 1/4 de manzana y 1 té verde. Las tennis puestas, la actitud vencedora, el pecho ensanchado, la sonrisa forzada… ¡aquí vamos! Entre el trotecito de principiante y la angustia de fracasar una vez más, se manifiesta el monstruo en el estómago que crea un disturbio enorme a lo interno;  se activa un deseo tan fuerte, el monstruo es un gigante en mi cabeza que es más poderoso que yo, me domina y me convence que pruebe ese helado, que lo pruebe tanto hasta que me lo acabe y que no pasa nada, que es solamente un heladito, me lo merezco porque he sufrido mucho en la vida y también porque he tenido momentos de tanta felicidad y además llevo treinta minutos caminando sin parar, desayuné liviano y me podría desmayar. Todo esto dura cuatro segundos que son eternos mientras la evocación de placer aumenta, es una adrenalina indescriptible, como las ansias del adicto que no puede contenerse ante tal delicia que es elixir que necesito probar, solo una vez lo prometo, así me engaño a cada rato pero es que es insoportable, es como la sensación de algo que pica y no poder rascarse, imposible de aguantar…sucede tan rápido, en menos de un minuto la ansiedad termina, al igual que la paleta de crema y fresa.

La culpabilidad es un nuevo engendro, y es más malo conmigo. Me tortura lentamente, me recuerda que no pude reprimirme, que no sirvo, que es mejor quedarme así. Rompo en llanto el resto del día, sin poder explicarle a alguien sin que crea que estoy loca que cómo es posible que un helado derrumbe mi vida nuevamente. Pero es que no es el helado. Era el intento de bajar de peso número 2,270.

Ya han pasado varios calendarios y me acerco a los veinticinco años. La “tendencia”  es real, ya no existe, es visible y es de 90 kilos para una estatura de 1.61 metros. Mi papá una vez me dijo que yo era muy tenaz porque no me cansaba de hacer algo hasta que lo lograra. Sus palabras me alientan y me motivan para librarme de “ella” que  ha ido en aumento, pues ahora los senos hermosos y firmes que una alguna vez tuve, no logro sujetarlos con nada. Las faldas serán una prenda prohibida por el resto de la vida: mis piernas están marcadas por cúmulos de grasa desde la pantorrilla hasta los muslos. Son reales, son protuberancias que hicieron perder la forma curva natural que antes existió. De momento no ha habido estética, nutricionista, bandas frías o batidos de proteína que hayan resultado. Es un recorrido tan lleno de piedras, ríos…montañas que me impiden ver la señal de la meta. Siento que me quiero devolver, que nunca voy a llegar hasta ahí.

Hoy quiero recuperar la tenacidad que mi papá dijo que tengo. No se lo voy a demostrar a nadie, porque hoy solamente me interesa competir conmigo misma. No voy a hacerme promesas engañosas esta vez. Ya sé lo que me espera, pues ya  he estado ahí antes y no tengo miedo. Sé que vendrá el momento oscuro de tentación, sé que me voy a sentir sola y con ganas de correr y gritar. Puedo hacer ambas cosas: correr y gritar si lo necesito, está bien. Pero no voy a auto destruirme más. Será un gran sacrificio, no espero que nadie me acompañe en esta lucha, aunque sí quisiera que mi pareja me apoye, mis amigas y mi familia. Estoy segura de que todos los que me aprecian estarán felices de verme salir de nuevo de mi refugio lúgubre. En este momento solo tengo un pantalón que me queda, y  eso es lo que me pongo para cualquier actividad social, aunque de igual forma no asisto a muchas tampoco. No aparezco en fotos desde hace tantos años, porque no soporto confrontarme con la realidad de la fotografía. La foto no miente, el espejo me tergiversa.

No voy a contar cada gramo ni cada caloría que ingiero. No voy a abusar de los alimentos, pero tampoco me voy a restringir en exceso, pues sé que esa es la principal razón de hundirme en cada nuevo propósito. Voy a tomármelo con calma, viviendo un día a la vez, y si logro sobrevivir veinticuatro horas, sé que ya habré alcanzado mucho más de lo que he imaginado. Al día siguiente lo repetiré, hasta que sienta cómo se va aflojando el pantalón roído. No me voy a obsesionar, voy a hacerlo a mi ritmo, pero de forma constante. Tengo que hacer ejercicios, eso es algo clave, y lo realizaré de forma responsable sin exigirle a mi corazón que tenga el rendimiento de un atleta. Las grasas, azúcares y harinas refinadas dejarán de ser mis aliadas y compañeras; ya no las quiero. Así me voy sintiendo cada vez más sana, incluso tengo tanta energía, duermo bien y hasta mi humor ha mejorado, según dicen.

Este es el intento 3,240 y fue el último que hice. Después de decidirlo al levantarme cada día del año, durante nueve años, lo logré. Un intento por día, sí, durante nueve años. Habrá quien lo logre en menos tiempo, o habrá alguien que elija su último intento luego de veinte años. Habrá quien ni siquiera crea que vale la pena intentarlo. Porque aunque nueve años podrán parecer demasiado, se trata de vivir la vida con un propósito diario, y no cansarse nunca hasta alcanzarlo. Bajar de peso, dejar de fumar o lo que sea.  No importa cuánta lluvia nos caiga encima, o cómo duela recomenzar. Las personas que lo siguen intentando son tan valientes como las que ya llegaron al otro lado. Y entonces ahora estas, pueden devolverse en el camino sosteniendo el intento sin caerse nuevamente, manteniéndose para apoyar a quienes apenas inician o van por la mitad. Para darles el aliento que les falta, la palabra necesaria, la tenacidad que papi  dice que tengo. Y sí que la tengo. En el intento número 3,240 fue cuando logré quitar finalmente,  33 kilos de mí.

 

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2 Comments

  • Reply Katherina 27 noviembre, 2014 at 9:06 pm

    Necesito bajar de peso ayuda por favor

    • Reply Katherina 27 noviembre, 2014 at 9:09 pm

      Si yo como con moderación

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