Autoestima, Pareja, Relaciones

Gracias a todos los hombres malos

“Usted tiene un patrón de relaciones poco sanas”, me dijo el psicólogo, como gran conclusión. “Usted elige una y otra vez hombres equivocados que le hacen daño”. Sin cuestionarlo demasiado, por varios años lo creí y me convertí en una víctima de mi desviada necesidad de buscar hombres malos que se aprovecharan de mi corazón para agarrarlo a patadas, en el mejor de los casos.

La teoría funcionó perfectamente para justificar mi conducta, como si me hubieran sentenciado a algo irremediable (quizá el psicólogo iba a “tratar” mi patrón pero nunca volví) que no pudiera evitar, en donde cada nueva relación estaría condenada al fracaso desde antes de que iniciara. En el fondo lo sabía y de forma consciente me parecía perfecto sabotearlas hasta cierto punto.

Miro hacia el pasado y los recuerdo a cada uno de ellos: por sus nombres, sus manos, sus gustos, mañas y “maldades”. Me veo años atrás y podría contar la cantidad de lágrimas que me hicieron derramar, las veces que no pude dormir por la ansiedad, las mentiras que descubrí que me hicieron sentir tan mal, los suegros que nunca conocí, los mensajes que no se respondieron jamás.

Hubo quienes fueron más “malos” que otros; algunos desaparecieron como si nada, unos me dejaron por la otra mujer que siempre estuvo. Todos eventualmente se fueron. El elemento común era el odio exacerbado de mis amigas hacia cada uno por su ingratitud con una mujer tan buena como yo.

¿La culpa era mía? ¿No resolví el asunto del patrón amoroso como debía? ¿Mi “diagnóstico” me hacía demasiado vulnerable? Sí, en cierta forma eso parecía ser y no lo responsabilizo, estimado psicólogo, porque llegué a su consultorio con la blusa empapada, el maquillaje esparcido y sollozando ¿por qué nadie me quiere? A la falta de mejor información tal vez intuyó que yo estaba en un círculo vicioso de un mal modelo de amor. Quizá eso era lo que necesitaba escuchar: “pobrecita yo” porque no es fácil terminar con eso…pero usted estaba tan equivocado, y yo también.

Debí de haber sabido que el problema tenía que ver más conmigo, (y no con la apariencia peligrosa que tenían y sus incontenibles ganas de conquistar mujeres en desventaja), cuando en algún momento uno de ellos me dijo que la pasaba muy bien conmigo cuando estábamos en un bar o en la cama. No sospeché en su sinceridad una respuesta más clara que hoy sí puedo ver: ahora tengo mil razones para entender por qué ese era el único tiempo que compartíamos. Yo les parecía muy buena, era cierto, pero no lo suficiente como para ser tomada en cuenta para acompañarlo a las fiestas de cumpleaños de sus sobrinos. Porque lo que yo ofrecía como mujer era mi cuerpo y cerveza, y no hay quien quiera ambas cosas eternamente. Mi imagen de mujer dulce pero liberal, despreocupada, con la falda muy corta sosteniendo un cigarro en una mano y en la otra un whisky, les resultaba lo más atractivo del mundo para vivir las mejores noches que jamás tendrían. Pero la realidad es que no tenía nada bueno más que darles, y por lo tanto, compartir el desayuno juntos al día siguiente sería lo más íntimo y romántico que iba a recibir de su parte. Y como no hay relación  que dure toda una vida así, el interés se esfumaba tan rápido como el hielo del whisky. Cruelmente escapaban una vez más,  dejándome otra vez sola y con un vacío inclemente.

Los días así se volvieron insoportables hasta que yo también me agoté de esa peor versión de mujer que quería ser, aparentando no importarme el compromiso con sus sentimientos, con las responsabilidades o con anhelar tener una familia algún día. Por el contrario, mi mayor aspiración era amanecer embriagada de besos, drama y licor cada mañana.  ¿Cómo podrían tomarme en serio? Porque no construía metas ni alcanzaba sueños que me hicieran sentir orgullosa como persona de que mi vida tenía sentido y propósito a cada segundo. Porque comer y tomar en exceso no es algo digno de admirar…y que en el sexo se encuentra consuelo: es cierto, pero dura muy poco.

Me cansé de despertarme sin el anhelo de hacer algo mejor por mí, de no ser una persona para quien desea conocer a alguien que valga la pena. No rompí el patrón, porque ellos no eran tan malos después de todo. No los escogía mal; sabían que mi potencial se limitaba a muy poco y les parecía bien mientras permanecieran las emociones superfluas hasta que apareciera la razón, pues una hombre sano en su interior sabe que no quiere una vida de caos y destrucción.

El problema era yo, que no estaba bien conmigo misma y así jamás alguien podría amarme, ni yo tampoco a nadie. El respeto que merecía, no lo podía exigir si yo no lo tenía conmigo primero; como cuando debí de haber esperado más antes de dar tantos pasos en falso o antes de contarle mi historia a quien no la entendería en la primera noche de conocerlo.

Tuve que regresar al psicólogo, sí, pero afrontando la responsabilidad de un autoestima en la que tenía que trabajar. Había que proponerse enfrentar cada día sin delegar la felicidad en nadie más, sino porque se posee internamente y después se comparte con los demás.

Gracias a todos los hombres “malos” que conocí, porque después de lo que viví, sé que lejos de tener que perdonarlos por hacerme sufrir, tuve que perdonarme a mí misma por haberme hecho daño así.  Les agradezco tanto a cada uno haber sido parte de una etapa que me hizo hoy ser la mujer de la que sí me siento orgullosa de ser. Porque detrás de cada desplante, me estaban dando en realidad la oportunidad de superarme, de no esconder mi verdadera capacidad de brillar.

Gracias porque después de cada adiós, una pequeña guerrera iba formándose por dentro, recordando los valores que mis padres me dieron y de dónde vengo. Porque el hueco que dejaron en mi pecho se completó con auto control, disciplina, amor y la ilusión de vivir mejor.

Gracias porque hicieron que me diera cuenta de que hay que invertir en cuidarse a uno mismo, y esa mujer impaciente de atención se independizó de la necesidad de aprobación, de la ansiedad, del miedo al abandono. Ahora se ejercita, se valora… ya no busca el peligro sentada en la barra de un bar y hoy es una persona que maduró, que alguien quiso un día conocer de verdad…de la que su novio se enamoró, y con la que se casó.

Porque a esta mujer sí la quisiera tener un hombre a su lado: una mujer que pueda seducir por su sonrisa que transmite paz, por su seguridad, su intelecto y desempeño profesional, por su belleza que es reflejo de un alma en armonía, su carácter definido, su entrega incondicional, por su forma sana de querer. De la que yo también sigo entusiasmada de enamorarme cada día un poco más.

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1 Comment

  • Reply Alexander Cabezas 20 mayo, 2015 at 3:03 pm

    Hola-

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